El consejero delegado de OpenAI, Sam Altman, ante la mirada del primer ministro británico, Rishi Sunak, y en presencia de la vicepresidenta de EE UU Kamala Harris y de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en la conferencia sobre seguridad de la IA celebrada en Bletchley Park, Reino Unido, el pasado 2 de noviembre.Tolga Akmen ( BLOOMBERG )

Primero fueron Bill Gates, Steve Jobs y Mark Zuckerberg. Algunos sitúan a continuación a Elon Musk. Muchos creen que ahora es el turno de Sam Altman: él es el elegido para ser el rostro de Silicon Valley, el genio de la tecnología que marca el paso a los demás. A sus 38 años, Altman es el abanderado de la revolución de la inteligencia artificial (IA), que en apenas 12 meses, desde que él mismo lanzara ChatGPT, ha hecho que las grandes tecnológicas cambien a toda prisa sus prioridades y se vuelquen en esta tecnología. El culebrón vivido la última semana en OpenAI permite hacerse una idea de lo cotizada que es su figura. La junta de accionistas perdió la confianza en él decidió echarle el pasado viernes. El lunes ficha por Microsoft, dueña de un 49% de OpenAI, y ese mismo día el 95% de la plantilla amenaza con irse si no le readmiten. El martes, el joven ejecutivo vuelve a su puesto como CEO de OpenAI y se purga a quienes le despidieron. Volvió con poderes reforzados y con el apoyo explícito de la cúpula de Microsoft.

¿Cómo es la nueva estrella del firmamento de San Francisco? Ante todo, no es un recién llegado a la jet set californiana. En 2014, con 29 años, Altman se convirtió en el presidente de Y Combinator, la icónica incubadora de startups de la que han salido compañías como Airbnb, Dropbox o Twitch. Un año más tarde, se le encargó dirigir OpenAI, una empresa recién creada que pretendía pelearle a Google su liderazgo absoluto en el desarrollo de la IA. Le eligieron para el puesto Elon Musk, el entonces empresario de moda gracias Tesla y SpaceX, y Peter Thiel, uno de los primeros inversores en Facebook y fundador de Palantir. Su relación con Thiel sigue siendo buena; con Musk, en cambio, ha partido peras: el dueño de X abandonó OpenAI, impulsó una carta pidiendo una moratoria de seis meses en la investigación de IA y, mientras tanto, desarrolló su propio proyecto, xAI, con el que presentó hace unas semanas Grok, su alternativa a ChatGPT.

Ideado como un laboratorio de investigación, OpenAI apostó fuerte por el modelo transformer, una arquitectura específica de aprendizaje automático desarrollada por científicos de Google en la que se han acabado basando todos los grandes modelos de lenguaje (LLM, en sus siglas inglesas). Invirtieron unos 1.000 millones de dólares para aplicar cada vez más poder de computación y escalar el modelo. Los resultados llegaron el año pasado, cuando lanzaron el generador de imágenes Dall-E2 y su gran bombazo: ChatGPT, el bot conversacional que ha situado la IA en la conversación pública. Puede escribir poesía, resumir textos, sugerir recetas o aprobar exámenes de medicina, todo en cuestión de segundos.

Todavía comete errores de bulto (las llamadas alucinaciones) y se inventa cosas, pero muestra el camino por el que puede transitar la IA. ChatGPT es la aplicación más exitosa de todos los tiempos. Superó los 100 millones de usuarios únicos a los dos meses de su estreno. Facebook tardó cuatro años en conseguir esas cifras. TikTok, nueve meses. Altman ha logrado que OpenAI esté hoy valorada en unos 90.000 millones de dólares

ChatGPT no es la primera herramienta de esta clase (Google ya tenía algunos modelos en fase experimental), pero sí la que antes se ha abierto al gran público. Fue Altman quien decidió ofrecerla en abierto, algo que en Google habían descartado al juzgar que los fallos de estos grandes modelos no están todavía suficientemente pulidos. Esa mezcla de arrojo y de falta de cautela al manejar la IA influyeron aparentemente en que un sector de la junta de OpenAI forzase el despido de Altman. Algunos medios, de hecho, sostienen que, justo antes del cese, un grupo de trabajadores advirtió a la junta directiva de un poderoso descubrimiento realizado en el campo de la IA con potencial para “amenazar a la humanidad”, si bien no está claro que eso afectara en la decisión de cesar al ejecutivo.

Altman está convencido de que la tecnología aumentará el bienestar social. Ha dedicado parte de su fortuna a financiar dos sueños tecnofuturistas: conseguir una fuente de energía ilimitada y prolongar la esperanza de vida. Invirtió unos 355 millones de euros en Helion Energy, la startup que busca hacer viable la fusión nuclear, y otros 170 en Retro Biosciences, que investiga la forma de alargar la vida. “Cogí todo mi patrimonio líquido y lo invertí en estas dos empresas”, dijo al MIT Technology Review. Ha dicho en más de una ocasión que el dinero no es su prioridad (y que no tenía sueldo en OpenAI), aunque jamás ha revelado a cuánto asciende su patrimonio. Es de los pocos gurús de Silicon Valley que no aparece en los ránkings de Forbes. Sí se sabe que conserva varias participaciones en startups de su época en Y Combinator, entre ellas en Stripe o Airbnb.

El CEO de Alphabet (empresa matriz de Google), Sundar Pichai, y el de OpenAI, Sam Altman, llegan a la Casa Blanca el pasado 4 de mayo para reunirse con la vicepresidenta Kamala Harris para hablar sobre inteligencia artificial.Evan Vucci (AP)

¿Qué hace en su tiempo libre? “Bueno, me gustan los coches de carreras”, declaró a The New Yorker. Tiene cinco deportivos, incluyendo dos McLarens y un Tesla antiguo. “Me gusta pilotar avionetas alquiladas por los cielos de California. Oh, y soy un prepper”. Está preparándose para cuando el mundo colapse. “Intento no pensar demasiado en ello, pero tengo armas, oro, yoduro de potasio, antibióticos, baterías, agua, máscaras antigás y un rancho en el sur de California al que puedo volar”.

Nacido en Chicago, pero criado en la América profunda (San Luis, Misuri), Altman estudió dos años en la Universidad de Stanford antes de dejar la carrera para lanzar su primera startup: Loopt, una aplicación móvil para geolocalizar a amigos, que vendió en 2012 por 43 millones de dólares. Apuntaba maneras desde niño. A los ocho años ya desmontaba y montaba su Macintosh. La informática era su refugio. “Crecer como gay en el Medio Oeste en la década de los 2000 no era lo mejor que le podía pasar a uno”, aseguró a The New Yorker. “Sam no es especialmente religioso, pero culturalmente es muy judío: optimista y a la vez superviviente, con la sensación de que las cosas siempre pueden ir muy mal”, ha dicho de él Peter Thiel.

Magnetismo y liderazgo

El hecho de que 738 de los 770 empleados de OpenAI amenazaran con irse de la compañía si no volvía Altman da una idea de su popularidad entre sus subordinados. Ven en él una determinación inquebrantable en su objetivo, que también es su obsesión personal: llegar a desarrollar una inteligencia artificial general (la que igualará o superará a la humana). Cree que esa misión la puede llevar a cabo en OpenAI.

“Sam es extremadamente bueno en hacerse más poderoso. Tenía un don para encontrar oportunidades en el caos”, le describió Paul Graham, cofundador de Y Combinator y uno de los prohombres de Silicon Valley. “Nadie en el mundo es mejor que Sam para lidiar con este tipo de situaciones”, tuiteó el domingo, cuando todavía no había sido anunciado su fichaje por Microsoft ni su vuelta a OpenAI. Su fe en el joven sigue intacta, ya que en 2008 escribió en su blog: “Puedes lanzarle en paracaídas a una isla de caníbales y al volver en cinco años se habrá convertido en su rey”.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el CEO de OpenAI, Sam Altman, en su reunión en Moncloa el pasado 22 de mayo.

A Altman le gusta tener la sartén por el mango. Y, según apuntan excolaboradores suyos a The Washington Post, suele poner sus intereses personales por delante de los de la organización. Ya le pasó en Y Combinator, que usó como plataforma desde la que conocer startups en las que invertir con un fondo que gestionan él y su hermano. Esa tendencia a servir sus propios intereses habría sido el desencadenante de que su mentor, Graham, decidiera despedirle de Y Combinator tras cederle los mandos de la incubadora durante cinco años, cuando Altman era todavía un veinteañero.

Consciente del estatus que ha adquirido en los últimos tiempos, emprendió hace unos meses una gira con jefes de Gobierno, entre ellos el presidente español Pedro Sánchez o su homólogo francés Macron, para advertir de los peligros de la IA. Asistió a la reunión organizada por la Casa Blanca con los primeros espadas de las tecnológicas para analizar el estado de la IA y ha impulsado su propia carta abierta advirtiendo de esos peligros. “Mi peor miedo es que esta tecnología salga mal. Y si sale mal, puede salir muy mal”, dijo en el Capitolio en una audiencia sobre IA.

Pero OpenAI sigue en la carrera por liderar esta tecnología, llamada a protagonizar avances significativos en los próximos años. Altos ejecutivos hay muchos en Silicon Valley, pero solo unos pocos acaban en su panteón. Gates convirtió los ordenadores en un objeto de consumo. Jobs inauguró la era de los teléfonos inteligentes; Zuckerberg, la de las redes sociales. ¿Logrará Altman prevalecer como el pionero de la IA?

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